La peculiar conducta de los conductólogos   

 

 

Las ciencias de la conducta distan de integrar una unidad conceptual ya que se han originado de muy diferentes aproximaciones y mantienen métodos y teorías no sólo distintos sino en muchos casos opuestos. Ciertamente cuesta trabajo creer que estos enfoques tengan el mismo objeto de estudio. Veamos.

El psicoanálisis se originó hace un siglo como un procedimiento clínico para entender y tratar las neurosis entendidas como enfermedades que se gestan por alteraciones en el desarrollo temprano del infante en referencia a su entorno familiar inmediato, en particular en su relación con los padres. Sigmund Freud (1856-1936) y los psicoanalistas intentaron reconstruir el desarrollo emocional del infante a partir de sus observaciones en adultos y, en general, asumieron que el comportamiento está determinado por las condiciones de ese desarrollo. Ahora bien, poco antes y sin tener nada que ver con el psicoanálisis, había nacido una disciplina conductual totalmente diferente. En su libro La expresión de las emociones en los animales y en el hombre Darwin postuló que la conducta se selecciona de la misma manera que las características físicas de los animales por su adaptación al medio ambiente. En los años treinta, tres investigadores destinados a obtener el premio Nobel en 1978, Konrad Lorenz, Carl von Firsh y Nikko Tinbergen, sentaron las bases de la etología sobre el darwinismo al realizar numerosas observaciones del comportamiento animal en el medio ambiente natural que sustentaban las ideas de las bases genéticas y motivacionales de los comportamientos biológicamente significativos.

Una tercera aproximación a la conducta se dio en un medio académico muy diferente de los dos anteriores, por psicólogos de laboratorio interesados en analizar el aprendizaje. Influidos por la filosofía positivista, por el fracaso del introspeccionismo inicial y por los extraordinarios descubrimientos del fisiólogo ruso Ivan P. Pavlov sobre los reflejos condicionados, estos investigadores utilizaron manipulaciones activas para estudiar el aprendizaje. Al someter a los animales a un estímulo controlado y al premiar o castigar la respuesta conductual, B. F. Skinner (1904-1992) y otros investigadores descubrieron que la conducta se puede condicionar y estudiar cuantitativamente. Para los entusiastas de esta aproximación, conocida como conductismo, el comportamiento resulta del condicionamiento de repetir las conductas que son reforzantes, es decir, que tienen consecuencias positivas o negativas para el organismo.

Otro grupo de estudiosos en Alemania, también interesados en el aprendizaje animal, hicieron experimentos muy distintos con primates, a quienes ponían problemas y observaban cómo los resolvían. Por ejemplo, colgaban un racimo de plátanos fuera de su alcance y les daban elementos para que solucionaran la situación, como cajas y varas. Observaron que una vez que el animal intentaba obtener el alimento sin éxito, se sentaba aparentemente ocioso un rato para repentinamente resolver el problema adecuadamente, por ejemplo apilando las cajas y descolgando el racimo. Esto convenció a Wolfgang Köhler (1887-1967) de que existen representaciones holísticas o unitarias del mundo en los animales. Su condiscípulo Kunt Koffka (1886-1941) después de una larga experiencia de investigación en operaciones cognitivas concluyó que la percepción se constituye como una totalidad organizada. Este énfasis en la totalidad o configuración global de la vida psíquica fue el distintivo de esta poderosa aproximación de la psicología: la escuela de la gestalt (totalidad en alemán).

También en la primera mitad del siglo se desarrollaba una escuela en Ginebra que se formó alrededor de otra gran figura de las ciencias de la conducta y de la epistemología: Jean Piaget (1896-1980). Formado como zoólogo —materia en la que había hecho varias publicaciones científicas antes de los 15 años de edad—, influido por las teorías de los estadios del desarrollo embrionario y dotado de un vasto bagaje teórico y filosófico, Piaget dedicó décadas de su vida a estudiar el desarrollo de las facultades intelectuales en los niños. Con ello no sólo hizo descubrimientos trascendentales sobre las etapas de ese desarrollo, sino que aportó datos empíricos para enriquecer la teoría del conocimiento y para sentar las bases de la psicología cognoscitiva.

Los psicoanalistas, los etólogos, los conductistas, los psicólogos de la gestalt y del desarrollo nacieron y crecieron no sólo con toda independencia, sino en muchas ocasiones con escarnio y desprecio mutuo, pero, con el tiempo, sus teorías empezaron a modificarse por la evolución misma de sus respectivas disciplinas. El psicoanálisis pronto empezó a dividirse en escuelas divergentes, como la de Jung o la de Adler, que fueron descalificadas por el propio Freud, pero que progresaron aisladamente. Poco después esta tendencia se incrementó al aparecer figuras como Melanie Klein en Inglaterra, las teorías del yo en EUA y Jaques Lacan con su grupo en Francia. Cada uno de ellos hizo una particular interpretación de Freud y se enemistó con los restantes. Por su parte, la etología clásica empezó a dividirse en grupos interesados por entender los determinantes cerebrales del comportamiento, la comunicación animal y la moderna sociobiología que pretende documentar la noción de que la conducta social tiene bases genéticas establecidas por mecanismos de selección natural y que ha desembocado en la psicología evolutiva contemporánea. Los conductistas medraron considerablemente con la tecnología del condicionamiento operante y se dedicaron a establecer múltiples paradigmas de estímulos y respuestas usualmente en ratas ubicadas en la caja de Skinner, un ingenioso aparato en donde es posible condicionarías a que aprieten una palanca para obtener comida ante estímulos previos o a evitar un choque eléctrico. A la larga la técnica dio de sí y empezaron a experimentar utilizando fármacos o haciendo intervenciones en el cerebro. Los teóricos de la gestalt emigraron a EUA durante la segunda Guerra Mundial y se diluyeron como grupo estableciendo cátedras y estilos de enfoque sistémico en la psicología. Quizás el de mayor infuencia fue Kurt Lewin (1890-1947), quien introdujo el análisis de los pequeños grupos humanos y la teoría de campo a la psicología.

A partir de los años sesenta y quizás como consecuencia del desgaste de cada una de las escuelas y de una nueva atmósfera en el ámbito de la psicología, aportada por la ciencia cognitiva, empezaron a derribarse algunas barreras. La etología y la psicología genética de Piaget fungieron como lugares de encuentro, ya que entre psicoanalistas y conductistas no podía haber terrenos comunes. Citaré algunos ejemplos.

Harry Harlow hizo experimentos precursores con primates infantes separados de sus madres, con lo cual se empezó a establecer la importancia específica de la relación madre-infante en el desarrollo, postulada por el psicoanálisis, mediante métodos observacionales y experimentales. Por su parte, el psicoanalista John Bowlby en Londres estudió directamente el vínculo de niños con sus madres y comprobó lo fundamental que es esta relación para la vida futura del infante. Poco después el psicólogo John García, en una serie de ingeniosos experimentos, descubre en medios naturales el condicionamiento de una sola experiencia: algunos animales carnívoros no vuelven a probar carne de una especie de presa si se les proporciona una muestra de esa carne inyectada con un vomitivo. Por su parte, los etólogos han aplicado el esquema piagetiano para analizar las etapas de maduración conductual en infantes primates. Estos son algunos ejemplos para ilustrar lo fructífero de las relaciones entre las escuelas de abordaje a la conducta y que prometen, en un futuro no muy lejano, vincularse en una teoría psicológica amplia y convergente.

LA GENETICA CONDUCTUAL DESEMBOCA EN... FREUD

En la película de John Landis De mendigo a millonario, dos magnates de Filadelfia llevan a cabo una apuesta mediante el experimento de intercambiar a un alto ejecutivo de su compañía, anglosajón y graduado en Harvard (Dan Aykroyd), por un pordiosero negro fichado por la policía (Eddie Murphy). En unas semanas, el negro realiza con éxito la labor empresarial y el blanco desciende en la escala social hasta hundirse en la abyección. En cambio, en la película Gemelos el gigantón Arnold Shwarzenegger y el diminuto Danny de Vito resultan gemelos fraternales separados al nacer y, al rencontrarse, se dan cuenta de que tienen las mismas manías y costumbres, aunque personalidades totalmente diferentes. En las dos excelentes comedias el planteamiento es científicamente engañoso. Vale la pena comentar el estado actual de la eterna cuestión de si la conducta depende de la herencia o del medio ambiente.

Recordaremos que ambas posibilidades han tenido defensores de talla. Shakespeare siempre hizo hincapié en la herencia como dominante en el desarrollo del carácter. Los psicoanalistas y los conductistas favorecieron un ambientalismo radical, una de sus sorprendentes coincidencias. Con estos antecedentes la investigación de la herencia de factores intelectuales y emocionales fue, desde sus orígenes, profundamente polémica y estuvo preñada, incluso, de ideología política. En los inicios de la investigación había problemas y sesgos en los métodos que invalidaban buena parte de los resultados. A raíz de esto, la disciplina que tiene como finalidad el estudio de la herencia en el comportamiento, la genética conductual, ha madurado rápidamente y ofrece un rico panorama de resultados.

Los dos métodos empleados en estos estudios han sido cada vez más puntuales y convincentes. Se trata de las semejanzas y diferencias entre gemelos idénticos y fraternales, y los resultados de la adopción temprana. Recordemos que los gemelos idénticos comparten el material genético, en tanto que los fraternales se originan de dos células distintas y son como dos hermanos de embarazos distintos pero nacidos al mismo tiempo. Entre ellos hay, con frecuencia, gemelos de ambos sexos y son usualmente muy diferentes. En cambio, los gemelos idénticos son del mismo sexo y muy similares. Por otra parte, cuando un bebé es adoptado antes del mes de nacido y después se le practica un estudio ya de adulto, se espera que tenga más similitudes con sus padres biológicos en caso de que los factores genéticos sean predominantes, o viceversa, una mayor similitud con los adoptivos debido a una mayor influencia del medio ambiente. Los estudios más espectaculares son los que incluyen ambos factores, cuando dos gemelos son separados al nacer y criados aparte, por ejemplo en caso de divorcio o muerte de uno o los dos padres.

Uno de los datos más espectaculares que han aparecido con el empleo de este método es el de la serie de gemelos idénticos separados al nacer y criados en ambientes distintos y que ha sido recolectada en la Universidad de Wisconsin. Esta serie incluye a varias docenas de gemelos que han sido investigados cuidadosamente en lo que se refiere a su personalidad y comportamiento. El resultado de la investigación es sorprendente. Contra lo que se esperaba, ya adultos, los gemelos separados al nacer tienen mayores similitudes que los criados juntos. Las similitudes son asombrosas. Por ejemplo, dos gemelas en su cuarta década de vida, una de las cuales había sido criada en la costa oriental de Estados Unidos y la otra en la costa del Pacífico viajaron a la Universidad de Wisconsin a su primera entrevista y a conocerse. Ellas y los investigadores quedaron estupefactos al contemplar que vestían el mismo modelo, se peinaban igual y usaban anillos en todos los dedos con excepción de los pulgares. El segundo caso es de dos gemelos varones de casi 60 años separados al nacer por el divorcio de los padres, uno fue llevado a Alemania y criado en una familia germánica aria, mientras que al otro se le llevó a San Diego y se le crió como judío ortodoxo. Los gemelos se conocieron y aparecieron con un corte de pelo idéntico y grandes patillas; tenían costumbres y manías idénticas, como jalar dos veces la palanca del inodoro, leer las revistas de atrás para adelante y gestos y actitudes corporales y faciales prácticamente iguales. En general estos gemelos revelan una influencia genética sobre la personalidad mucho mayor a la que cabría esperar.

Los abundantes datos sobre inteligencia dejan pocas dudas de que la herencia tiene un papel importante en las diferencias de coeficiente intelectual. Pero, y en esto estriba la fortaleza del método, también demuestran la fuerte participación del medio ambiente, por ejemplo de la clase social. Las habilidades verbales tienen mayor influencia genética que las perceptuales o la memoria. Congruentemente con lo anterior, se ha demostrado que los trastornos en la lectura tienen influencia familiar. Los intereses vocacionales o incluso las calificaciones muestran una influencia genética. Significativamente, el factor que muestra menor aportación genética es la creatividad.

En el caso de la personalidad los resultados son notables. Una de las pruebas de personalidad con normas mejor reguladas toma en cuenta dos grandes factores: la extroversión y el "neuroticismo". De una manera simplista, la primera linplica personalidades sociables y la segunda emocionales. Una revisión que incluye 25 000 pares de gemelos demuestra un factor de heredabilidad de alrededor de 50% en ambas tendencias, haciéndolas los componentes más heredables de la personalidad. Sin embargo, se debe decir que estos resultados se basan en cuestionarios de personalidad que tienen serias limitaciones. Los estudios observacionales, es decir, de registro objetivo de conductas, han sugerido que existe menos heredabilidad que los resultados obtenidos por medio de cuestionarios. Sorprendentemente, algunas actitudes y creencias han mostrado influencia genética. Una de ellas es el tradicionalismo: la tendencia de aceptar reglas, autoridades, altos estándares de moralidad y disciplina estricta. A pesar de esto, la religiosidad y la tendencia política no parecen ser heredables. Esto no es extraño, ya que el tradicionalismo se puede encontrar en la actitud política tanto en la derecha como en la izquierda, tanto en ateos como en creyentes.

En referencia a las enfermedades mentales ha habido importantes logros. La esquizofrenia, una de los formas de locura más frecuentes y discutidas, tiene un componente genético modesto. Por ejemplo, en un estudio voluminoso sobre la concordancia de muchas enfermedades en gemelos, Kendler y Robinette, de Washington, han encontrado 31% de concordancia de esquizofrenia en gemelos idénticos y sólo 6.5% en gemelos fraternales. Los estudios de adopción son compatibles con estos datos e implican que existe una carga genética en la esquizofrenia, pero que deben intervenir factores ambientales para que se manifieste. La psicosis maniaco-depresiva tiene un componente genético de mayor peso. Se sabe que algunos familiares son acarreadores sanos que no manifiestan síntomas pero que trasmiten la tendencia a su descendencia. En un estudio realizado en EUA en familias de la orden amish, grupo parecido a los menonitas de Chihuahua, se demostró que la enfermedad es familiar e implica una lesión en el cromosoma 11. Estos datos no han sido convincentemente demostrados. En el caso de la conducta criminal se ha encontrado 87% de concordancia para gemelos idénticos y 72% para fraternales, lo que sugiere una pequeña contribución genética y una participación ambiental mucho mayor. El alcoholismo y ciertas formas de retardo mental en las que se han identificado los cromosomas involucrados, como el cromosoma 21 en los niños con síndrome de Down o mongolismo, tienen un gran componente genético.

Es importante recalcar que estos estudios no demuestran, con la excepción de la corea de Huntington, que un gene determine el comportamiento, como una suerte de destino inexorable. La herencia proporciona un terreno propicio en el que ciertos estímulos ambientales, si ocurren, pueden desembocar en determinadas características. ¿Cuáles son esos estímulos? Por ejemplo, ¿por qué, a pesar de sus similitudes genéticas, los hermanos de una familia son tan diferentes entre sí? Porque están sometidos a distintas influencias ambientales, según demuestra Robert Plomin, uno de los más activos genetistas conductuales. Entre ellas pueden estar pequeñas diferencias de afecto dentro y fuera de la familia. De esta forma pareciera ser que la genética conductual es compatible, para sorpresa de muchos, con teorías tan ambientalistas como el psicoanálisis.

LAS EMOCIONES Y LA SALUD: EL ESLABÓN DESCUBIERTO

David Spiegel, psiquiatra de la Universidad de Stanford, empezó a utilizar la psicoterapia en mujeres con cáncer mamario a principios de los años ochenta. Esperaba simplemente que las hiciera sentir mejor, pero fue grande su sorpresa al encontrar que sus pacientes habían sobrevivido el doble de tiempo que aquellas con cáncer mamario que no habían asistido a psicoterapia. El hallazgo se publicó en una de las más prestigiosas revistas de medicina, Lancet, de Londres, el 14 de octubre de 1990. La razón de esta diferencia hubiera sido inimaginable hace apenas cinco años. Hoy ya no lo es.

La gente de todas las culturas tradicionales ha sabido desde siempre que, además de la herencia, los alimentos o la actividad, las emociones afectan la salud. Hipócrates y Galeno afirmaban ya en la antigüedad clásica que la susceptibilidad a las enfermedades variaba según el tipo de carácter. En el siglo pasado el éxito de Pasteur y Koch al encontrar gérmenes como productores de enfermedades concentró la atención de la investigación en éstos concebidos como las "semillas" de la enfermedad. Claude Bernard (1813-1878), uno de los padres de la fisiología moderna, disentía al afirmar que era el "terreno", o sea el organismo afectado, donde había que buscar la susceptibilidad a los gérmenes, lo que explicaría algo aún más importante: la razón por la cual de dos personas infectadas, una enfermaba y otra no.

A pesar de que triunfó la idea del germen como agente causal, las ideas de Claude Bernard continuaron en la obra de Walter Cannon (1871-1945), el gran fisiólogo norteamericano que estudió por los años treinta los efectos corporales de reacciones emocionales como el miedo o la ira. Estas incluían, en especial, la secreción de hormonas de las glándulas suprarrenales, que preparaban al organismo para huir o confrontar el agente agresor. Con el tiempo a esta reacción general ante agentes agresores del medio ambiente se le llamó stress, una de las palabras que se han incorporado al léxico popular, en particular al de los sufridos habitantes de las grandes ciudades y que se ha castellanizado como estrés.

Las investigaciones de Cannon fueron utilizadas por un psicoanalista, Franz Alexander, para construir el concepto de medicina psicosomática, que sirvió para documentar el papel que desempeñaba la angustia, que sería una forma de estrés mespecífico, generado por el conflicto de deseos prohibidos e inconscientes, en la generación de algunas enfermedades como la úlcera péptica o la hipertensión arterial. El concepto fue muy fértil, pero se convirtió en un tema polémico, en particular porque el factor psicógeno era muy difícil de corroborar y porque empezó a establecerse que múltiples enfermedades, además de las psicosomáticas clásicas, tenían un factor emocional asociado a sus causas.

De hecho, los efectos nocivos del estrés se han documentado muy ampliamente. Por ejemplo, la susceptibilidad a enfermedades infecciosas y alérgicas aumenta con el estrés. Los cambios de vida importantes, como la muerte de un ser cercano, cambios de estado civil, domicilio o trabajo predisponen a múltiples enfermedades. En la mayoría de la gente su estado de salud general refleja su estado emocional y, en algunos, la ansiedad intensa puede ser incluso fatal. La base fisiológica de la muerte por estrés fue establecida también por Cannon al estudiar casos de muerte en ceremonias vudú. Pero también ocurre el caso contrario: el poder curativo o paliativo de una relación médico-paciente basada en la confianza. En este caso se encuentra el llamado efecto placebo, es decir, el efecto benéfico que tiene una sustancia inocua, como simple azúcar, cuando se administra a un paciente en la creencia de que se trata de un medicamento eficaz. El interés popular sobre estos hechos ha generado un movimiento de medicina holista en la que los factores emocionales y sociales de la enfermedad se consideran fundamentales. Con todo esto ha quedado claro que el estrés, la angustia y en general, los factores emocionales desempeñan un papel fundamental en la adquisición y pérdida de la salud.

En los últimos años ha quedado establecida la cadena de sucesos biológicos que conecta a la emoción con la pérdida y la recuperación de la salud. El eslabón final de la cadena es el sistema inmunológico, que es el responsable de la resistencia a múltiples enfermedades. El sistema tiene dos ramas. Una no específica ataca a todas las entidades moleculares que no pertenecen al organismo, y otra específica se encarga de identificar moléculas particulares y elaborar contravenenos llamados anticuerpos. En muchos casos el sistema tiene memoria y puede defenderse de futuros ataques del mismo agresor o antígeno. La capacidad del sistema es enorme: un ratón puede fabricar 100 millones de anticuerpos distintos.

En el otro extremo de la cadena se han identificado varias partes del cerebro que se encargan de procesar las emociones. Todas ellas forman un sistema cerebral llamado sistema límbico, una de cuyas partes es el hipotálamo, un grupo de diminutos núcleos de neuronas situados en la base central del cerebro. El hipotálamo es el mediador entre las diversas emociones y las reacciones del resto del cuerpo ya que, como el auriga de una carriola, mantiene a dos caballos bajo su control. El primero es el sistema endocrino constituido por las glándulas de secreción interna, incluidas las suprarrenales y al cual regula mediante un finísimo control químico que se ejerce mediante un microsistema de vasos sanguíneos que lo conectan con su vecina, la glándula hipófisis. El otro es el sistema nervioso autónomo que regula la frecuencia cardiaca, la tensión arterial y otras funciones consideradas involuntarias. El hipotálamo ejerce esta función modificando el equilibrio de los dos componentes antagónicos del sistema nervioso autónomo, llamados simpático y parasimpático. El primero se activa con emociones como la alegría o la rabia, el segundo por el descanso o el sueño.

Tenemos entonces al sistema inmunológico por un lado, y por otro al sistema endocrino y al sistema nervioso autónomo controlados por el hipotálamo. Hacía falta encontrar el eslabón entre estos dos grandes sistemas para unir al estado emocional con la salud y la enfermedad. La interdependencia de los dos grandes sistemas ha quedado establecida por la demostración de que las respuestas inmunológicas pueden modificarse por aprendizaje o por lesiones del cerebro. Además, algunas enfermedades mentales, emociones como el duelo y actitudes negativas se correlacionan con respuestas inmunológicas deficientes y con la aparición y el curso del cáncer. A la inversa, las emociones y actitudes positivas tienen un efecto curativo y reparador. La naturaleza de la relación entre el sistema neuro-endocrino y el sistema inmunológico se ha aclarado con el descubrimiento de conexiones anatómicas y fisiológicas entre ambos. En particular, algunas moléculas que fungen como transmisoras de información entre las neuronas tienen influencia notable sobre algunas respuestas inmunológicas. Estas evidencias, aparte de haber dado origen a una nueva ciencia, la psicoinmunología, nos colocan ante la posibilidad de elaborar una nueva teoría de la salud y la enfermedad.

LA ESFERA DE LA EMOCIÓN

Como sucede con prácticamente todos los conceptos que se refieren a los contenidos mentales, la palabra emoción significa un tipo de experiencia subjetiva que puede ser parcialmente descrita por introspección, es decir, de la cual podemos hablar. De esta forma sabemos que el movimiento del afecto puede ser breve o prolongado, tener intensidades variables, cualidades agradables o desagradables y que, usualmente, es involuntario. Además, las distintas emociones se sienten intrínsecamente ligadas a cambios corporales de dos tipos: gestos o movimientos espontáneos que pueden ser controlados voluntariamente, y cambios en temperatura, frecuencia cardiaca, sudoración y otros sobre las que existen menos control.

Ahora bien, además de ser una experiencia íntima, quizás la más íntima de todas, la emoción es una conducta en su fase de expresión; es decir que se comunica entre individuos por gestos, actitudes, lenguaje y cualidad en el comportamiento, como el tono de la voz, la actitud o el modo de ejecutar cualquier acto. Pero son ciertos gestos faciales los que mejor informan sobre el estado emocional.
En las últimas décadas Paul Ekman de la Universidad de California en San Francisco se ha dedicado a reconocer y clasificar los rostros de la emoción humana, expresiones que son transculturales. En efecto, todos los seres humanos, sin importar su historia o medio cultural producen, reconocen y tienen palabras equivalentes para referirse a seis emociones básicas: la ira, la alegría, la tristeza, la sorpresa, el desdén y el miedo. Esta evidencia implica que tales emociones están biológicamente determinadas y son un bagaje genético de la especie humana. También la reacción emocional al gesto específico parece tener una base biológica. Esto se ha medido cuidadosamente con registros de contracciones de grupos de músculos faciales y de señales como frecuencia cardiaca en sujetos expuestos a fotos de personas haciendo gestos emocionales específicos. Lo que se trasmite a través del gesto emocional es, entonces, una disposición para la acción.

Esta idea fue originalmente sugerida por Darwin al analizar la continuidad de este tema en La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, el otro clásico del gran biólogo inglés. Se puede decir que buena parte de la etología clásica que surgió a partir de esta obra de Darwin se dedicó a investigar en animales que vivían en su medio ambiente natural, las posturas y acciones específicas que comunican tal disposición, como las danzas de cortejo en las aves. La conclusión más general de esta antigua línea de investigación es que las emociones incrementan las posibilidades de sobrevivir al preparar al organismo para actuar adecuadamente en respuesta a cambios en su medio ambiente y al trasmitir a otros del mismo nicho información sobre sus acciones probables.

Ahora bien, aparte de sensación subjetiva y conducta objetiva, la emoción es también un estado fisiológico. En tal estado hay que distinguir los componentes viscerales que han sido ampliamente estudiados y que en general incluyen un incremento en la actividad del corazón, la respiración, la presión arterial o la sudoración. Todos estos cambios están mediados por la activación de la rama simpática del sistema nervioso autónomo. La relación de causa-efecto entre la sensación afectiva y los cambios viscerales es compleja y tiene doble sentido; es decir que tanto el estado emocional produce cambios en la actividad de las vísceras como viceversa. Por otro lado, conviene recordar que tanto los cambios viscerales como la conducta se gestan en el cerebro. Desde hace muchos años se ha venido definiendo una serie de núcleos y zonas cerebrales que participan en la sensación y la conducta emocionales. A ese conjunto de estructuras interrelacionadas se les dio el nombre de sistema límbico e incluyen, significativamente, zonas cerebrales de remota adquisición en la encefalización de las especies, es decir, sectores filogenéticamente antiguos y que son remanentes del cerebro olfatorio de nuestros ancestros animales. Durante décadas estas estructuras fueron consideradas el "cerebro emocional" y se tomaron como el asiento anatómico y funcional del afecto, a diferencia de la corteza cerebral, de reciente adquisición en la evolución humana y que se relacionaba con las actividades intelectuales. Sin embargo, se ha encontrado que la corteza cerebral frontal, que constituye la parte de más reciente adquisición en la evolución, también tiene que ver con la emoción. Además, hay evidencias de que el hemisferio cerebral no dominante para el lenguaje —el derecho en los sujetos diestros— interviene más en la expresión y percepción de la emoción que el izquierdo. Significativamente, ese mismo hemisferio es dominante para la percepción musical.

La emoción es, así, un proceso complejo con, al menos, tres facetas: sensación subjetiva, conducta expresiva y actividad fisiológica. Pero eso no es todo. Se debe agregar la función ecológica y social que cumple la emoción para comprenderla de una forma más cabal. No podemos entender la emoción sin incluir al medio ambiente que la desencadena y que recibe la consecutiva acción del organismo.

Veamos cómo Robert Plutchik, psicofisiólogo del Albert Einstein College of Medicine de Nueva York relaciona los diversos lenguajes que se refieren a la emoción. Ante un estímulo amenazante el aspecto afectivo dice "miedo, terror", el intelectual "peligro", el conductual "retirada, escape" y el funcional "protección". Otras equivalencias serían: rabia-ataque-destrucción, alegría-cópula-reproducción, tristeza-solicitud de ayuda-reintegración, disgusto-vómito-rechazo, expectativa-examen-exploración y sorpresa-detención-orientación. Una formulación aún más completa de las emociones debería incluir los estímulos y los pensamientos asociados a estas listas.

En suma, las emociones llenan funciones adaptativas básicas directamente relacionadas con la sobrevivencia mediante dos mecanismos: comunicar a otros nuestras intenciones o curso de acción probable e incrementar el propio potencial de adaptación al medio. De acuerdo con esta visión ampliada, la emoción es una compleja reacción de un organismo a un estímulo, que incluye su evaluación y valoración subjetivas, la estimulación fisiológica preparatoria para la acción, así como los impulsos y actos destinados a reaccionar ante el estímulo. Ahora bien, de acuerdo con el éxito o fracaso en este mecanismo se gestan otras experiencias emocionales que suelen tener una importancia decisiva, como la satisfacción (objetivo conseguido), la excitación (objetivo anticipado), la ansiedad (objetivo incierto), la frustración (objetivo bloqueado), la depresión (objetivo perdido, ausente o improbable).

Además de sus múltiples facetas, la emoción varía en intensidad, se modifica drásticamente de acuerdo con los deseos, actitudes y expectativas y tiene un carácter polar que fue ya reconocido por Aristóteles. En efecto, la alegría es opuesta a la tristeza, el odio al amor. Es decir, podemos imaginar un modelo de la emoción compuesto por ejes de diversas polaridades que se juntan en un centro y conforman una esfera con un hemisferio positivo o agradable constituido por las emociones que nos gustan y buscamos, y otro negativo o desagradable que son las que evitamos y rechazamos. La motivación fundamental de la acción humana, según escuelas tan distintas como el budismo o el psicoanálisis, consiste en buscar las emociones positivas y huir de las negativas.

LA PUDOROSA CONCIENCIA DE UNA PLANTA

Una característica fundamental de los seres vivos es la capacidad de responder a estímulos específicos. Muchas de estas respuestas no son visibles, como sucede, por ejemplo, con la fotosíntesis que realizan las células de las plantas en respuesta a la luz solar. Ahora bien, la palabra sensibilidad nos sugiere la capacidad de respuesta externa o conductual que muestran los individuos, la cual asociamos, de alguna manera, con la conciencia. Al observar un organismo unicelular vivo al microscopio, digamos a un paramecio o a una amiba en su fase activa, tenemos la impresión de ver un organismo sensible, es decir, que reacciona activamente a su medio y que por ello está animado. En general no atribuimos sensibilidad a las plantas porque, aunque observamos que se orientan hacia la luz, sus reacciones son demasiado lentas para sugerirnos conciencia, al menos en el sentido que nos es familiar. Estos límites entre organismos vivos de sensibilidad rápida o lenta son tan notorios que separan a los llamados reinos vegetal y animal. Ahora bien, es fascinante considerar los casos que violan las reglas o se colocan en los inciertos linderos de las clasificaciones humanas, quizás porque alteran nuestra visión ordenada del mundo y nos obligan a recapitular. Este es el caso de los virus, que se ubican entre el mundo de la química y de la biología, ya que pueden concebirse como moléculas muy complejas o como células muy simples. Es decir, el virus es un sistema limítrofe en cuanto a su estructura. Nada podemos decir de su sensibilidad.

Existe el caso de un organismo que se ubica en la zona incierta, desde el punto de vista ya no de la estructura, pues se trata de una planta, sino de su ostensible sensibilidad. Me refiero a la pequeña planta llamada vergonzosa y que corresponde a la Mimosa pudica, una leguminosa que al ser tocada cierra rápidamente sus hojuelas y desciende el peciolo en un movimiento de contracción y retracción que le han valido su nombre vulgar. Este no es un caso aislado en el mundo vegetal. Otras plantas exhiben movimientos rápidos ante estímulos específicos, como sucede con las plantas llamadas carnívoras y que en algunos documentales hemos visto con inquietud cómo se cierran sobre los insectos.

El caso de la vergonzosa es especial porque uno puede dedicarse a jugar con la planta observando una y otra vez su particular reacción al contacto. Sin embargo, pronto el juego empieza a ser aburrido porque la respuesta parece ser siempre la misma. En este punto nos damos cuenta de que necesita haber algo más que sensibilidad para decir que un organismo tiene conciencia, y ese algo es el aprendizaje. Es decir, esperamos que un organismo auténticamente animado modifique sus respuestas en función ya no del estímulo, sino de la experiencia. De hecho, la palabra experiencia nos sugiere tanto la memoria como la sensibilidad. La modificación de la respuesta implica que el organismo no sólo responda sino que almacene información y se adapte al estímulo. El hecho de que la respuesta parezca no modificarse nos podría recordar a una puerta que cruje al cerrarse. Cada vez que la movemos hace el mismo ruido. Ciertamente la puerta no es sensible porque no siente. Pero ¿qué sucede con la vergonzosa? Por analogía podríamos afirmar que tampoco lo es, a no ser que la respuesta pueda ser modificada por aprendizaje. La implicación de esta posibilidad es profunda.

Seguramente así lo consideró Pfeffer en el siglo pasado, el primer autor que mencionó que la respuesta de las hojas de la vergonzosa exhibía el fenómeno más elemental de aprendizaje que conocemos: la habituación, es decir, el decremento de la respuesta ante la repetición del estímulo. En efecto, si se les estimula repetidamente a intervalos fijos y con la misma intensidad, las hojuelas de la planta disminuyen la respuesta de retraimiento hasta que dejan de responder por completo. Si se deja reposar a la planta y se la estimula de nuevo, vuelve a responder. Ahora bien, hay que considerar que la habituación en la vergonzosa podría sugerir fatiga más que aprendizaje, sin embargo esta posibilidad se descartó al estimular las hojas con gotas de agua o con un pincel. Una vez que disminuyó la respuesta a uno de los dos estímulos, se probó que el otro era capaz de evocar respuesta de inmediato. Esto quiere decir que la planta discrimina entre estímulos y, como sucede con los animales, la habituación varía en la vergonzosa con los intervalos y la intensidad del estímulo. Además se ha encontrado que la respuesta de la planta pierde su sensibilidad en una atmósfera de éter o cloroformo, es decir, que puede ser "anestesiada".

Ahora bien, para analizar más adecuadamente la analogía entre el aprendizaje animal y estas reacciones de la vergonzosa es interesante indagar si existen paralelismos en su fisiología. Los animales tienen un mecanismo que detecta las señales del medio que llamamos percepción, otro que responde a ellos, que llamamos conducta, y uno intermedio que los asocia. La información fluye de la entrada a la salida mediante potenciales eléctricos transferibles entre células por la liberación de moléculas llamadas neurotrasmisores. Ciertamente la vergonzosa presenta estructuras especializadas para la recepción del estímulo y organelos motores responsables de su conducta. De mayor interés resulta que, como sucede en los organismos animales, las reacciones de excitabilidad también se deban a cambios en la permeabilidad de la membrana celular a iones cargados eléctricamente y que son los responsables de sus propiedades eléctricas. Estos fenómenos son característicos de las neuronas. Sin embargo, las células excitables de la vergonzosa no son estructuralmente neuronas, aunque algunas de ellas conduzcan la electricidad a lo largo de sus prolongaciones, como sucede con los nervios.

Nos encontramos con un organismo que sin tener un sistema nervioso anatómico tiene uno funcional que se comporta como el de los animales. Aún más interesante resulta constatar que la vergonzosa contiene norepinefrina, uno de los neurotrasmisores del sistema nervioso animal, y que esta sustancia se concentra en los organelos y las células encargadas de la excitabilidad. Sin embargo no se ha demostrado que la norepinefrina sea la mediadora de los impulsos nerviosos.

En suma, estamos ante un organismo vegetal con una capacidad conductual plástica mediada por un sistema excitable estructuralmente distinto pero funcionalmente similar al sistema nervioso de los animales. Si aceptamos que son las capacidades funcionales y no la composición fisicoquímica las que están indisolublemente ligadas a la sensibilidad y a la conciencia, nos veremos en la necesidad de otorgarle a la vergonzosa algún tipo de subjetividad, así sea muy elemental y, lo que es más curioso, cualitativamente distinta de la nuestra o de la que podemos inferir en los animales.

EL DESARROLLO DE LA CONCIENCIA

El proceso que llamamos desarrollo está definido por la evolución de un solo individuo desde estadios simples a otros más complejos y es patente en las diversas etapas embrionarias o en los estratos de complejidad creciente que alcanzan la conducta y la mente durante el crecimiento.

Dos de los más destacados psicólogos del siglo, Freud y Piaget, dedicaron sus esfuerzos a esclarecer las etapas de desarrollo emocional y cognitivo por las que atraviesan los niños. Su método fue totalmente distinto. En tanto Freud intentó reconstruir el pasado mediante el análisis minucioso de lamentalidad de los adultos y de una interpretación retrospectiva, casi arqueológica, Piaget hizo observaciones y experimentos sobre el pensamiento, la percepción y la inteligencia en niños y adolescentes durante un periodo de casi medio siglo. Sin embargo, a pesar de las diferencias, Freud y Piaget convienen en que el desarrollo ocurre por la adquisición y consolidación de etapas sucesivas de complejidad creciente. Lo saludable no es que las etapas sean aceleradas, sino que ocurran y se establezcan adecuadamente, lo cual pone al individuo en condiciones de emprender una nueva transformación. Se trata de una secuencia de periodos de equilibrio, que permiten la consolidación de la etapa, y periodos de desequilibrio, en los que el sistema cambia por rutas establecidas.

Ahora bien, en décadas recientes ha aparecido una nueva escuela de psicólogos que han cuestionado si el desarrollo de las capacidades mentales de los seres humanos llega a su término al final de la adolescencia, como lo establecieron tanto Freud como Piaget. Su respuesta es negativa: pruebas numerosas implican que el desarrollo puede continuar, aunque no en todos los individuos adultos. Uno de los precursores de este movimiento fue A. H. Maslow, profesor de psicología de la Universidad de Brandeis quien, hacia 1967, introdujo, con base en el análisis de múltiples ejemplos, la noción de individuos autoactualizados, aquellos que consiguen un estado superior de gratificación por haber obtenido una satisfacción de sus necesidades afectivas, una sensación de valor, de pertenencia, de respeto. Han dejado atrás las vivencias de ansiedad, inseguridad y aislamiento que fatigan a casi todos los humanos. Las motivaciones que impulsan a estos individuos para llegar a esta etapa no son las habituales, son gente dedicada a una labor que los sobrepasa, tienen una misión apasionada en la vida, muchas veces de servicio. Han seguido su vocación decididamente y con propósito, de tal manera que su labor es su juego. Todos los seres humanos pueden seguir este camino y tienen la capacidad de hacerlo, pero pocos lo hacen. Requiere un esfuerzo intenso y sostenido. Requiere no hacer caso a muchos de los llamados de la cultura imperante.

Maslow notó que ese camino es precisamente el que más han explorado las psicologías tradicionales de múltiples culturas y cuya cima han logrado los individuos paradigmáticos, es decir, los héroes de las mitologías, los chamanes, los fundadores o exponentes destacados de sistemas religiosos y algunos filósofos, científicos o artistas excepcionales. Estos son los sabios y representan las etapas más elevadas del desarrollo humano, el cual tiene como escenario la conciencia del individuo.

La escuela de psicología transpersonal que se desarrolló a partir de Maslow ha intentado abordar el tema de la evolución de la conciencia. Para ello ha echado mano, no siempre de una manera rigurosa, de las tradiciones antiguas, de especulaciones sobre la naturaleza del conocimiento científico, de los estados alterados de la conciencia. Una aportación que causó gran interés provino de un físico, Friedhof Capra, quien en su libro El tao de la física propuso que las nociones más avanzadas de la física moderna se pueden comparar con la visión que los místicos de las más diversas tradiciones adquieren del mundo. Entre ellas están la disolución de la materia en una red de interacciones, la unificación de objeto y sujeto en la observación, o la unidad del espacio y el tiempo en una sola dimensión.

Otra área que cobró gran notoriedad fue el análisis de las técnicas tradicionales para obtener estados de conciencia ampliados y que son condición del desarrollo de la personalidad o del ser. Me refiero a las diversas técnicas de meditación, tanto a las que se practican en Oriente como en Occidente. Los estudios científicos demostraron que los estados de concentración obtenidos por estas técnicas tenían efectos importantes sobre múltiples variables bioquímicas y neurofisiológicas y se descubrió el fenómeno de la biorretroalimentación, es decir, la posibilidad de controlar funciones corporales consideradas autónomas, como el ritmo electroencefalográfico, la frecuencia cardiaca, la presión arterial o la secreción de hormonas, cuando al sujeto se le informa sobre estas señales e identifica y cultiva los estados de conciencia que las modifican. Algo que resulta interesante es que la meditación no sólo se considera objeto de investigaciones de interés, sino que se plantea su práctica para experimentar en uno mismo las vivencias, lo cual en la ciencia se ha llamado autoexperiencia.

La estratificación de los diversos niveles de conciencia, como el ensueño, la vigilia, la autoconciencia o el éxtasis, es tan diversa que otro de los teóricos más conocidos de esta escuela, Charles C. Tart, ha defendido la idea de que existen ciencias de estados específicos. Es decir, que las observaciones y los datos sobre el mundo son tan diferentes en cada uno de los estados de conciencia que es necesario hacer una ciencia, o sea, una teorización y un cuerpo de evidencias, para cada uno. Independientemente de esta idea, que dista de ser un hecho corroborado, la organización de la conciencia en niveles es una de sus características fenomenológicas más interesantes.

Desde luego que todos podemos distinguir diversos estados de vigilancia cuando estamos despiertos. Uno es el estado normal de percepción digamos automática que, con diferencias de estructura, probablemente compartimos con el resto de los animales. Hay momentos en los que nos percatamos de nosotros mismos, de nuestro cuerpo o de lo que ocurre en nuestra mente. Este estado se ha denominado de reflexión o de autoconciencia y quizás sea exclusivamente humano, aunque hay evidencias de que los grandes simios tienen rudimentos de esta capacidad, por su comportamiento ante el espejo. Es sólo en el estado de autoconciencia que podemos ejercer la voluntad.

Existen, como hemos visto ahora, estados aún superiores de conciencia con demarcaciones y diferencias tan claras como las mencionadas para los anteriores. La denominación más frecuente de estos niveles de conciencia es la de éxtasis, pero hay una gran cantidad de términos gestados en diversas culturas que posiblemente distingan componentes sutiles de ella. Quizás la más grande topógrafa de este territorio haya sido, en nuestra cultura, Santa Teresa de Ávila (1515-1582). En términos generales, la adquisición y el uso de tales estados es uno de los factores que caracteriza a los individuos paradigmáticos.

Es así que la psicología de la conciencia, nacida a principios de siglo con William James (1842-1910), uno de los grandes precursores de la psicología científica, y dejada de lado por los logros y la difusión del psicoanálisis y de la psicología experimental de corte conductista, cobró nueva vida en la década de los setenta. Esta nueva psicología de la conciencia viene a replantear lo que la psicología más antigua había llevado a sus consecuencias finales: el hecho de que el estado habitual de conciencia de los seres humanos normalmente se encuentre muy por debajo de lo óptimo, de tal forma que puede considerarse en buena parte ilusorio; de que es posible alcanzar estados más desarrollados de la conciencia mediante adiestramiento, y de que este proceso es vivencial y no es fácilmente comunicable por el lenguaje.

José Luis Díaz

LECTURAS
Calhoun, C., R. C. Solomon (1984/1989), ¿Qué es una emoción?, FCE, México.
Capra, F. (1975), The Tao of Physics, Shambala, Boulder.
Ekman, P., W. V. Friesen, P. Ellsworth (1972), Emotion in the Human Face, Pergamon, Nueva York.
Humphrey, N. (1983/1987), La reconquisia de la conciencia, FCE, México.
Klein, D. B. (1984/1989), El concepto de la conciencia, FCE, México.
Maslow, A. H. (1968/1979), El hombre autorrealizado, Kairós, Barcelona.
Melnechuk, T. (1988), "Emotions, Brain, Immunity, and Health: A Review", en Emotions and Psychopathology, M. Clynes y J. Panskeep (compiladores), Plenum Press, Nueva York, pp. 181-247.
Plomin, R. (1989), "Environment and Genes. Determinants of Behavior", American Psychologist 44, pp. 105-111.
Sanberg, P. R. (1976), "Neural Capacity in Mimosa Pudica: A Review, Behavioral Biology 17, pp. 435-452,1976

 

 


 


 

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